Quizá hayas leído estos días un texto (falsamente atribuido al novelista C. S. Lewis) que narra lo siguiente:

Un joven diablo le pregunta al viejo diablo: ¿cómo has conseguido enviar tantas almas al infierno? A lo que el viejo diablo responde: ¡por el miedo!

Joven diablo: ¡bien hecho! ¿y de qué tenían miedo? ¿guerras? ¿hambre?

Viejo Diablo: no… ¡enfermedad!

Joven diablo: ¿estaban enfermos? ¿han muerto? ¿no hay cura?

Viejo diablo: una enfermedad común, pero que tenía cura.

Joven diablo: no entiendo.

Viejo Diablo: llegaron a la conclusión de que lo único que había que salvar era la vida, a cualquier precio. Dejaron de abrazarse. Dejaron de saludar. Renunciaron a todo contacto humano. Renunciaron a todo lo que hacía que un hombre fuera un hombre. Se quedaron sin dinero. Perdieron sus puestos de trabajo. Decidieron temer por sus vidas, aunque no tuvieran pan para comer. Creían ciegamente todo lo que oían y todo lo que leían en los periódicos. Renunciaron a su libertad. No volvieron a salir de casa. Nunca más fueron a ninguna parte. No volvieron a visitar a sus amigos y familiares. El mundo entero se convirtió en una enorme prisión con convictos voluntarios. Todos aceptaron esta vida para sobrevivir otro día miserable. No vivieron, ¡murieron todos los días! Era demasiado fácil tomar sus pobres almas…


¿Conocías este texto?

Dentro del mayor experimento de desarrollo personal de la Historia que estamos viviendo en la actualidad, estamos comprobando cómo muchas de las emociones principales del ser humano se magnifican, se potencian, se exageran y se descontrolan.

El rencor, la envidia y la crítica, como quizá ya sepas, son emociones que nos alejan de nuestra esencia como persona (y, por cierto, del dinero). Porque nos separan del perdón, de la admiración y de la aceptación, respectivamente.

No todas la emociones disparadas durante estos días son negativas, por supuesto, y estamos viendo también extraordinarios ejemplos de solidaridad, cariño, acompañamiento y fortaleza.

Pero hay una emoción que destaca por encima de todas las demás: el miedo. El miedo, como respuesta natural de nuestro cerebro reptiliano ante un peligro, nos ayuda a sobrevivir.

Pero una de sus características es que tememos tanto las cosas que vemos como aquellas que no vemos y que tan solo imaginamos.

Como afirmó el filósofo frances Michel de Montaigne, “mi vida ha estado llena de terribles desgracias, la mayoría de las cuales nunca sucedieron”.

Y es que el miedo hace que nos desconectemos de la realidad, que seamos manipulables y dóciles.

Pero cuando hacemos el esfuerzo de reconectar con la realidad conseguimos elevar nuestro nivel de consciencia. Y un mayor nivel de consciencia nos trae una mayor libertad. Y una mayor libertad es consustancial a una mejor salud. Y es con consciencia, libertad y salud cuando el amor se puede abrir paso y el miedo desaparece.

Está muy extendida en nuestra sociedad la creencia de que lo contrario del amor es el odio pero, en realidad, la emoción opuesta al amor es el miedo.

Te invito a reconectar con la realidad para dejar atrás tus miedos imaginarios, aquellos que todos tenemos, y volver a vivir una vida desde el amor, la admiración, el perdón y la aceptación.

Como dijo el premio Nobel de Literatura Naguib Mahfuz, “nuestros miedos no evitan la muerte, nuestros miedos frenan la vida”.

Si quieres leer más sobre este tema, te diré tres títulos: Taller de amor, de Raimon Samsó La liberación del alma, de Micheal A. Singer; y Amar es liberarse del miedo, de Gerald G. Jampolsky.

¡Gracias por leer el post y compartirlo!

Sergio Fernández

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